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24/10/2021

En román paladino

Contradicciones

La ocupación militar que ha durado 20 años ha concluido con una retirada bochornosa

Publicado: 21/08/2021 ·
13:42
· Actualizado: 21/08/2021 · 13:42
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  • Militares en Afganistán.
Autor

Rafael Román

Rafael Román es profesor universitario, miembro del PSOE, exconsejero de Cultura y expresidente de la Diputación de Cádiz

En román paladino

El autor aborda en su espacio todos los aspectos de la actualidad política tanto de España, Andalucía y la provincia de Cádiz.

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Del “no a la guerra”  a lamentar ahora, o incluso condenar,  la salida de las tropas internacionales - mayoritariamente norteamericanas - de Afganistán hay sólo un suspiro. De decir a diestro y siniestro que “los menores no acompañados no  pueden inundar nuestras calles de Madrid” a oponerse a los retornos de los menores a su país de origen con sus familiares  hay sólo  una ocurrencia  inconsecuente.

El fomento de la protección de los menores y la  siempre ansiada paz mundial son valores universales. Los derechos humanos son inherentes al hecho de ser miembro de la humanidad, pero   son la infancia y la mujer  las que corren especiales peligros, sobre todo en determinadas sociedades que están en la palestra  en estos días, llámese Afganistán o Marruecos - aunque afecta por igual a varias decenas de países más-.

El desastre de Afganistán ha conmovido a la opinión pública. De una intervención antiterrorista, tras el ataque a las torres gemelas, se ha pasado a una ocupación militar que ha durado 20 años y que ha concluido con una retirada bochornosa, que pone en tela de juicio toda la operación anterior. Ningún imperio -ni antiguo ni moderno- se impuso al entramado tribal de Afganistán. De  los emiratos,  sultanatos o kanatos antiguos se ha cambiado a un emirato islámico, anunciado esta semana.  La solución no puede ser otra intervención militar, que, además,  ningún país está dispuesto a llevar a cabo, tras las nefastas experiencias habidas -y olvidadas- por el imperio americano, como la olvidaron  anteriormente el británico y el soviético. Por eso, se entienden los lamentos y la solidaridad con la población afgana, especialmente con loas mujeres y niños, pero el orden mundial actual no permite  ya si no aceptar el resultado del desastre. China, Irán, Rusia y Turquía lo hacen casi con alborozo y los países occidentales -los derrotados sin paliativos- se lamentan y esperan atemorizados una avalancha de inmigración afgana huyendo del régimen cruel  e islamista radical que les aterroriza. Pagarán las consecuencias los afganos -y sobre todo las afganas-  pero esta vez los señores de la guerra y el ejercito de papel del gobierno afgano no hicieron nada por frenar el avance talibán.  Encima están pertrechados con el moderno e ingente armamento abandonado en la retirada precipitada de EEUU.

En el otro lado del mundo árabo-musulmán, en Marruecos, tras la “invasión” favorecida por el gobierno marroquí -enfadado por la política española hacia el Polisario y el Sahara Occidental- empieza a llegar la calma y se muestra dispuesto a poner vigor el acuerdo internacional que permite la reintegración familiar de los que anteriormente envió a España, en Ceuta. Nada es fácil. Conciliar  ese tratado internacional hispano-marroquí, la ley de Extranjería, las necesidades perentorias  de la ciudad autónoma de Ceuta y el bienestar de los menores no es materia sencilla. Los 700 niños de Ceuta significarían en proporción en la Comunidad de Madrid atender a 53.000 menores y en Andalucía significarían casi 70.000 menores no acompañados. Ceuta también necesita solidaridad, no sólo demagogia.

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