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Martes 07/12/2021  

Una feminista en la cocina

Un calor especial

El sol lo invade todo, hasta los pensamientos.

Publicado: 29/09/2021 ·
08:38
· Actualizado: 29/09/2021 · 15:26
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Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio: "Soy un cajón de sastre anímico. Así que cógete a lo que puedas, porque vienen curvas"

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En la calle Sierpes se churrasquean unos turistas avezados-aposentados en una terraza otoñal-mientras su Cruzcampo ebulliciona sobre una mesa de cristal. Levantan la cabeza con entusiasmo siempre que pasa alguien, asimilándose al perrito que en los setenta los coches llevaban de adorno en el cristal trasero. Tienen la cara tan colorada que te da cosilla no les pase algo en breve, por lo que los miras de reojo hasta que se pierden de tu zona de control visual.     

Calor en Córdoba.

Los adoquines parecen calefactados, sin que discurras a quién se le pudo ocurrir tamaña putada de dotarles de más calor a tus pies que ya hierven dentro de las deportivas que te has puesto porque te decía un pálpito que te ibas a hinchar de andar. Es el calor, lo sabes. Divagas. Los recuerdos tras los cristales de las tiendas sestean indiferentes a las seis de la tarde. Los envidias porque seguro que tienen puesto el aire acondicionado a tope. El sol lo invade todo, hasta los pensamientos. Hay gente que va sin mascarilla, tan ufanos ellos. En cambio tú, jodida paranoica, llevas la mascarilla atada a las orejas respirando como si te exprimieran los pulmones a cada aliento.

Llegando a la Torre del Oro mandas a hacer puñetas a la mascarilla (santiguándote en el pensamiento positivo de que tienes puestas las dos vacunas), pero solo consigues que un aire caliente de casa rancia se te meta hasta la tráquea. Son los pasos más dolidos los que se dan con alforjas en el cuerpo. Los kilos no perdonan, porque el calor los derrite en sudores que corren como río salvaje. No crees que puedas llegar. Pero ya el objetivo está cerca y además aún quedan unos minutos para que te puedas refrescar en una terracita. Lo mismo la tarde se recompone. Seamos optimistas. Entras. Lo primero que notas es que si hay aire acondicionado, va como el culo. Tampoco ayuda mucho que la camarera no haga caso a los pedidos. Cuando lo pone en la mesa ya es la hora de irse, así que un buche rápido y pagando que no llegamos. Resulta que el aire sí funcionaba, porque al cruzar el umbral de salida el mundo se te cae sobre las espaldas. No es que haga más calor, es que ahora te lo comes a cucharadas. Suena el móvil para decirte que no es ahí, que ha habido un error…”coge el coche para la zona de los Remedios”. A estas alturas ya no procesas. Como mucho, intentas llegar al coche para irte lo más rápido que puedas como si por error de película de ciencia ficción te hubieras metido en zona radioactiva.

Los turistas de antes se han fugado o los ha recogido una ambulancia, tampoco quieres pensarlo mucho. “Ahora sí que vas deprisa, mama”-dice tu hija. Y es verdad porque los pies están tan sudados que parece que bailan dentro de las deportivas y solo sueñas con llegar para tirarte de cabeza al río.

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