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Martes 13/04/2021

Lo que queda del día

La reivindicación de los rituales

La gente hace lo que se le permite, aprovechar los ámbitos de libertad de que dispone y negarse a la consumación la desaparición de los rituales

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  • El acceso a una iglesia de Jerez esta Semana Santa

La vida depara a diario momentos de autenticidad, como cuando esta semana, en el interior de una capilla abierta al público, un miembro de junta se acercaba a su hermano mayor para decirle: “Esta noche cierra Jerez”. Solo cuatro palabras para decir varias cosas a la vez. La primera, que aunque estuviese previsto cerrar a las ocho, iban a seguir abiertos hasta que pasasen todos los devotos del Señor y la Virgen. La segunda, la constatación de un gozo después de lo vivido, pero sobre todo de lo no vivido, hace un año. Puede que haya quien no lo entienda, pero por eso mismo es tan auténtico, porque hay sentimientos que no requieren explicación; apenas cuatro palabras que lo encierran todo: “Esta noche cierra Jerez”. 

En cierto sentido, durante esta Semana Santa hemos asistido a la liberación de muchos miedos, ausencias y vacíos, por el mero hecho del reencuentro, no solo con unas imágenes -porque están ahí mismo, en sus capillas, todos los días del año-, sino con la esencia de lo vivido cada primavera, con nuestro propio ritual cristiano y cofrade.

Cada mañana ha permitido rememorar el trasiego de otras muchas semanas santas, y no ha faltado siquiera el pellizco de las expectativas. Ya, tras la sobremesa, tocaba la penitencia del encierro obligado, como por manta de lluvia, y, admitir los hechos. “Toda la Semana Santa -explicaba un hermano mayor- ha sido como una extraordinaria jugada de fútbol cuyo remate final acaba en el poste”. El fútbol, siempre, como encarnación de la vida; y ahí lo tienen, palideciendo sin público en las gradas -otra metáfora de la pandemia-, algo que no sería posible en la Semana Santa pese al invento -dicen que para 2022- de procesionar con andas, porque la cuestión no está en la organización de los cortejos, sino en la multitud que los rodea, la misma que ha hecho cola alrededor de los templos desde el Domingo de Ramos como un escándalo incipiente para quien lo  presenciaba desde la acera de enfrente.

No sé qué depararán los próximos días, si asistiremos a un proceso público de criminalización de las cofradías ante la constatación de una cuarta ola, o si, directamente, volveremos a las restricciones por precaución o por obligación mientras se insiste en apelar a nuestra propia responsabilidad, pero a falta de mejores gestores y de mayor celeridad en la administración de las vacunas, la gente, en líneas generales, hace, ni más ni menos, que lo que se le permite, aprovechar los ámbitos de libertad de que dispone y negarse a la consumación de lo que el filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, ha tipificado como “la desaparición de los rituales”.

Byung-Chul Han alcanzó una enorme popularidad hace una década con la publicación de un ensayo titulado La sociedad del cansancio, en el que tipificaba la fatiga como “una enfermedad de la sociedad neoliberal del rendimiento. Nos explotamos voluntaria y apasionadamente creyendo que nos estamos realizando”, sostenía. Ahora, a causa de la pandemia, considera que estamos “más fatigados y extenuados”, e incluso defiende que “no es la ociosidad lo que impera, sino el cansancio”, lo que le ha llevado a profundizar en uno de los rasgos que se están acentuando desde hace un año en la sociedad occidental y a alertar sobre su presencia, el de la desaparición de los rituales.

 Para Han, “estamos perdiendo las estructuras temporales fijas, incluso las arquitecturas temporales que dan estabilidad a la vida. El virus acelera la desaparición de los rituales y la erosión de la comunidad. Se eliminan incluso esos rituales que aún nos quedaban, como ir al fútbol o a un concierto, ir a comer a un restaurante, ir al teatro o al cine. La distancia social destruye lo social”. Entre esos rituales se encuentran los concernientes a la Semana Santa, a las cofradías, a los cultos, a las devociones, a la vida en hermandad, a unas estructuras temporales que dan estabilidad y sentido a la vida de mucha gente. Ha sido duro vivirlo desde la distancia, pero entiendo a los que no han renunciado a ello desde su responsabilidad.

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