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Sábado 18/09/2021

Jerez

Emilio Morenatti: "No hice estas fotos para ganar el Pulitzer, sino para contar un drama"

Entrevistamos al fotoperiodista jerezano tras hacer historia al ser el primer fotógrafo español en ganar este premio en solitario por sus fotos de la pandemia

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Emilio Morenatti.

El abrazo de Agustina y Pascual en un asilo de ancianos de Barcelona conmovió a medio mundo.

Francisco se reencuentra con el mar en un paseo, junto al Hospital del Mar, tras pasar 52 días en la UCI

Solo ha pasado una semana desde que su nombre pasó a formar parte de la selecta lista de los premios Pulitzer, los galardones más prestigiosos del periodismo en todo el mundo. Y lo ha hecho en un contexto histórico y ante una crisis global gracias a su reportaje sobre el impacto de la pandemia en los mayores realizado en Barcelona y en un radio de no más de 10 kilómetros de su casa. Quizás por ello el fotógrafo jerezano Emilio Morenatti, nacido en Zaragoza hace 52 años y criado en Jerez, ciudad en la que vive su familia y a la que llegó a los pocos días de venir al mundo, aún sigue sin poder digerirlo, tal y como reconoce en esta entrevista a Información el jefe de fotografía de la agencia Associated Press (AP) para España y Portugal. 

Cuando me preguntan qué siento por haber ganado el Pulitzer, me entran ganas de preguntar, ¿qué Pulitzer? Para mí ya era un sueño llegar a la final solo"

Has hecho historia al convertirte en el primer español en ganar en solitario uno de los premios más importantes del mundo y ha sido retratando otro momento histórico como es la pandemia y en tu país. Eras finalista con pesos pesados como Tyler Hicks, del New York Times. ¿Tenías expectativas o preferiste no hacerte ilusiones?

–Me anunciaron unos días antes que era finalista. Yo ya me sorprendí mucho porque como optaba al premio de dos maneras -de forma colectiva e  individual-, siempre pensé que en la colectiva tenía más posibilidades porque éramos ocho fotógrafos de la AP (Associated Press), cada uno de un lugar diferente y era un poco el Covid en el mundo. Había una posibilidad muy alta de llegar hasta la final, pero ganar es muy difícil. Cuando me dijeron que había llegado a la final, dije, no he llegado, hemos llegado. Y me dijeron, no, has llegado, y ahí un poco como que me hice un lío porque no pensé que había llegado yo solo con este trabajo y compitiendo con New York Times y Getty. Me atabalé un poco, como dicen por aquí. ¡Ostras, llegar a la final solo! Ya eso me parecía alcanzar un sueño porque yo ya fui finalista en Pulitzer en una ocasión en Afganistán con un trabajo compartido en 2009. Entonces, pensé, oye, pues aquí queda todo. Pero no tenía absolutamente ninguna expectativa por mi parte de ganar. Me llevé una sorpresa muy grande y todavía sigo procesándolo. Cuándo me dicen ¿qué sientes por haber ganado el Pulitzer…? Me entran ganas de preguntar: ¿qué Pulitzer? Eso es que los registros todavía no están…bueno, no sé, yo nunca pensé en ganar el Pulitzer en mi vida. Yo no he trabajado para ganar el Pulitzer. No hice ese trabajo, esas fotos, para ganar el Pulitzer sino para contar un drama, una situación; luego ya si venía un reconocimiento, pues bienvenido, pero el Pulitzer ya son palabras mayores.

Hay muchas connotaciones especiales además: eres el primer español en ganarlo de de manera individual, en una pandemia, en tu país

–Yo a la connotación que más importancia le doy es que es un tema global. Es la primera vez que el tema es global, que de algo que ha pasado en todo el mundo premian un solo trabajo. Cuando hay una crisis, estás  en un sitio muy determinado, ahí acuden varios fotógrafos, compiten varios fotógrafos, pero cuando hay una crisis mundial, la competencia es global. Lo que más me cuesta digerir es que de todo lo que se ha hecho en el mundo, se ha elegido esto. Y es realmente en el mundo, no en una parte del mundo. No es esto pasó porque el fotógrafo llegó antes que nadie…Esto es un trabajo de un año en el que compite todo el mundo contra todo el mundo. A mí me parece la excepcionalidad.

¿En quién pensaste cuando anunciaron que el Pulitzer era tuyo?¿A quién fue la primera persona que llamaste para contárselo?

 –De estos premios te vas enterando en directo en una ceremonia que salta on line, en las páginas del Pulitzer. Era a la una (hora Nueva York) y a las siete (hora española). Cuando entré en las páginas, mi mujer estaba en casa, pero estaba saliendo porque teníamos una audición de violín de mi hija. Yo quería ir, pero quería al mismo tiempo saber quién había ganado el Pulitzer. Estaba convencido de que era finalista y le dije, espérate, voy a mirar aquí y ahora salgo y me uno a vosotros. Pero cuando anunciaron que había ganado yo...bueno, grité rápidamente, mira, que no voy a poder ir a la audición, porque acabo de ganar, y entonces ahí sí hubo un momento muy emotivo. Después, la primera persona a la que llamé para contárselo fue a mi madre que, obviamente, no sabía muy bien qué significa el Pulitzer. Se lo expliqué y luego ya con el tiempo, al paso de los días, comprobó que, como le había llamado tanta gente, debía de ser algo importante.

¿Cómo se celebra un Pulitzer?

–Pues estoy aquí (en Barcelona) currando desde el primer día básicamente. El sábado y el domingo  trabajé y sigo trabajando; no he descansado un solo día. Me tomé un par de botellas de cava con algunos colegas el viernes, cuando salió mi hija de la audición y aprovechamos para tomamos algo. No se trata ahora de coger una borrachera tras otra; no es mi manera particular de celebrarlo. Nos iremos de vacaciones a Zahara y allí estaremos un par de semanas. Esa será mi celebración básicamente.

En tu caso, has sido galardonado en la categoría ‘Feature Photography’, que premia el mejor trabajo de fotoperiodismo del año “por una conmovedora serie de fotografías que lleva a los espectadores a la vida de los ancianos en España que luchan durante la pandemia”. No todas son conmovedoras, puesto que aparecen escenas realmente duras como pacientes en salas de UCI, morgues, cementerios.  ¿Cómo fue ponerse detrás del objetivo para captar estos momentos?

–Con un poco de respeto. Nada más. Cada foto tiene su historia detrás, te tendría que contar foto por foto. No te puedo hacer un análisis general de cómo lo hago, pero cada una tiene su acercamiento, su distancia y su cosa.

 

 

Tienes mucha experiencia en conflictos internacionales, pero has dicho que nunca te habías sentido tan vulnerable como cuando estabas haciendo este trabajo en Barcelona, la ciudad donde vives, y en la época más complicada de la pandemia

–Bueno, me sentí más vulnerable por el tema de mi familia, no por mí, sino por traer el virus a casa y que mis hijos y mi mujer se contagiaran. En estos momentos, no se conocía muy bien todo esto, desconocíamos en gran medida cómo de letal era el virus. Temía enfermar y contagiar a mi familia de tanto salir y entrar porque me metía siempre en los sitios donde había foco de virus. Entonces, lo que hice fue dividir la casa: hacer una parte sucia y una parte limpia. Yo vivía en parte sucia durante un tiempo y no tenía relación con mis hijos ni con mi mujer. En esa parte, que era una parte pequeñita donde dormía, era donde editaba mis fotos y enviaba. Allí vivía cuando venía a casa, luego  me pasaba la mayoría del tiempo en la calle. 

Siempre has sido partidario de que no hay que edulcorar la realidad. ¿Tuviste que pelear mucho para poder captar esos momentos?Todos sabemos que las administraciones no lo ponen fácil

–Sí. Hubo dificultades y hubo bloqueos informativos por parte de las instituciones públicas no dejándome entrar, pero ya contaba con eso. Yo contaba con que fácil no nos lo ponen nunca. No esperaba que me abrieran la puerta de un hospital para hacer foto en plan vamos a enseñaros lo apurados que estábamos. Obviamente, yo sabía que por ahí no había manera, y decidí atacar por otra, que era con los enfermeros de Atención Primaria: visitar la casa de la gente que, de alguna manera, se había aislado, tenían el virus y no querían ir al hospital, y todo este tipo de historias que son parte de mi reportaje sobre los vulnerables.

¿Cómo te recibían ellos?

–Bien, bien. Con mucho cariño, con mucho acogimiento. No tuve ningún rechazo, excepto en alguna ocasión con alguien muy asustado, por lo que me decían que mejor que no entrara. En líneas generales la gente me ha recibido maravillosamente bien.

¿Cómo has llevado el negacionismo que circulaba en redes sociales y las críticas por la dureza de tus fotos? ¿Las seguías o preferías hacer oídos sordos ante las evidencias fotográficas?

–Me interesaba también saber la opinión de la gente. Desde un punto de vista antropológico es interesante saber cómo cala el mensaje. Y sí que había gente que negaban e incluso me decían cómo tenía que hacer la foto. Ahora están bien calladitos.

Podría decirse que había como una especie de dos corrientes, la mayoritaria compartía tus fotos, reivindicándolas como necesarias y aplaudiendo que contaras lo que estaba ocurriendo, y otra minoritaria que las criticaba por su dureza e incluso las cuestionaba. ¿Tú lo veías así?

Sí, eso pasó así. Yo era consciente de eso, pero yo me siento seguro de mi trabajo porque es lo único que sé hacer. No es una cuestión casual. Lo mío no es voy a salir a ver si hago una fotito que de repente me apetece. A mí me ampara una empresa de comunicaciones muy rigurosa, y yo me amparo también en mi bagaje profesional. La gente que quiera criticar tiene que emplear unos argumentos básicos al menos para hablar de tú a tú, pero eso no quiere decir que no escuche a la otra persona. Si hay críticas y he hecho una mala práctica me lo voy a mirar y me lo voy a ver, pero no era el caso. Al final las cosas caen por su peso y aquí ha caído por su peso todo, obviamente no solo ha sido con mis fotos sino por la evolución de la pandemia.

Como bien dices, te avala tu dilatada trayectoria profesional en la cobertura de conflictos internacionales, arriesgando incluso tu vida y viendo de todo. Pese a este bagaje, ¿puede decirse que la pandemia ha marcado un punto de inflexión en tu trabajo?

Me marcó por lo personal, por el tema de de mi familia. Porque estaba ocurriendo en casa. Es diferente. Pero, bueno, yo he cubierto otro tipo de calamidades, cada cosa tiene lo suyo, yo no me atrevería a comparar si este es el más letal de todos. En lo que me toca en lo personal ha sido muy impactante porque temía contagiar a mi familia y porque estás en tu propia ciudad. Estás haciendo un poco más un periodismo casi en algunos momentos en primera persona, ya que es tu entorno el que sufre en este caso. Pero creo que no debería ser así, el periodismo debe ser un poco más imparcial, es lo que yo de alguna manera pretendo, que no me afecte, hacer siempre halago de imparcialidad. Pero cuando ocurre en el patio de casa literalmente y estás trabajando en un radio de 10 kilómetros, que es donde yo me he movido para hacer esas fotos, obviamente sí te afecta en lo personal un poco más que irte a Gaza o a otro sitio donde la cultura es diferente. No quiere decir que no te lo tomes tan en serio, pero todo te afecta de otra manera.

Antes hablabas de Gaza. El periodismo de guerra forma parte de tu trayectoria con importantes trabajos en Oriente Medio y en Afganistán. ¿Lo echas de menos?

No. Estoy aquí (por Barcelona) y me lo estoy pasando muy bien. No tengo ahora mismo nada que echar de menos. Ahora cuando volvamos otra vez a viajar, a ver cómo volvemos y en qué situación volvemos. Todos llevamos ahora mismo año y medio sin salir de nuestra base. Ya te contaré cuando empecemos a retomar el tema de los viajes. Pero bueno yo desde aquí, antes de que hubiera pandemia, me movía bastante y salía a cubrir cosas que a mí me apetecía. Lo bueno de la AP es que nos mueven, nos motivan para ir a sitios que nos apetecen, se potencian las historias cuando son potentes, de alguna manera eso hace que estemos renovándonos continuamente.

Perdiste parte de una pierna en Afganistán e incluso llegaste a estar secuestrado en Gaza en 2006. Un cautiverio que tuvo final feliz y que aquí vivimos con preocupación. ¿Te han marcado estos episodios o están superados?

Bueno esto está ahí, claro que te marcan. Pero ya está, te marcan porque estamos marcados de cosas, de aventuras, de experiencias, de traumas. Y somos esos. Otra cosa es si te marca para mal o para bien.

Desgraciadamente otros compañeros se han quedado en el camino y no han superado los ataques que ponen de manifiesto más que nunca la vulnerabilidad de los reporteros de guerra en zonas de conflicto. ¿Cómo viviste el asesinato de David Beriain y Roberto Fraile en Burkina Faso?

Son sitios volátiles donde ahí tienes que asumir que algo puede pasar. Yo cuando iba a cubrir este tipo de cosas, también sabía que algo así podría pasar. Por eso ahora, un poco por hijos, me corto un poco más, porque pienso que ya no soy yo, hay dos vidas que un poco no es que dependan de mí es que yo dependo de ellos. No me apetece perderme el crecimiento de mis hijos. Eso hace que uno se relaje un poco más y que lo piense un poco más. Antes yo no lo pensaba, pero también creo un poco porque uno se hace mayor y por el tema de la paternidad.

¿Los conocías personalmente?

A Beriain sí lo conocía, nos dieron un premio juntos.

Tú naciste en Zaragoza, pero a los pocos días de venir al mundo ya estabas en Jerez, la ciudad donde te has criado con tu familia y donde han celebrado tu premio reivindicando además que eres paisano. ¿Te han llamado muchos compañeros y amigos de la tierra para felicitarte?

Me ha llamado mucha gente. Estuve hablando con mi amigo Alfonso de La Moderna, que fue uno de los primeros que me llamó. La Moderna es el sitio al que más me apetece ir cuando voy a Jerez, aparte de a casa de mi madre para ver a mi familia. Yo La Moderna, más allá de lo que pueda sentir en mi casa, la veo como el sitio que me hace sentir que soy de Jerez: hay birras, hay colegas, están todos estos todos estos amigos que me hace sentir que soy de ahí. Esto es muy guay, me gustaría también hacerles un homenaje a ellos desde aquí y decirles que cuando estoy por ahí lo que echo de menos es Jerez, pero concretamente lo que echo de menos es La Moderna. Eso hay que decirlo también.

En estos tiempos de digitalización y de redes sociales, con lo que hemos vivido y lo que nos quedas por vivir, ¿sientes que hay que reivindicar más que nunca el fotoperiodismo?

Siempre ha habido que reivindicarlo, hay cosas que digamos no contribuyen. No son las redes sociales, yo creo que las redes sociales pueden ayudar a difundir el fotoperiodismo, no es el enemigo del periodismo, sino que podría ser todo lo contrario. Yo creo que el enemigo es el todo gratis, la precariedad; es un poco lo mal que le ha sentado a la sociedad esto de que nos regalen las cosas o creer que nos regalan las cosas sin tener que pagar por ellas y ahora uno demanda eso, porque es a lo que se ha acostumbrado. En el fotoperiodismo ha pasado un poco eso, la gente con un móvil se cree que es fotoperiodista, y puede ser fotoperiodista, es una manera de hablar, pero para ser fotoperiodista tienes que tener un oficio detrás y demostrar que ese trabajo tiene un valor y que el valor hay que pagarlo. Lo del tema de internet básicamente ha abaratado mucho esto y de alguna manera ha tirado por tierra mucho trabajo que hay que pagar. Yo veo alguna vez mis fotos por ahí a gente coge mis fotos sin pedir permiso y las publican en sus boletines, o en sus redes sociales, cuando en realidad es trabajo es mío y deberían al menos preguntarme. Hemos entrado en esas dinámicas, que son dinámicas muy peligrosas.

Estamos en plena fase de desescalada?¿Cuál es la foto que buscas ahora?

Estoy yendo por ahí viendo los efectos de la pandemia. Llevo ya tiempo trabajando en en eso. Voy ahora a entregar una serie de trabajos. Ya no es el confinamiento, sino los efectos colaterales en la economía y los efectos psicológicos y sociológicos que tiene todo esto en la población.

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