Y tras la pandemia qué... ¿Con ganas de volver a la anormalidad?

Publicado: 24/04/2020
Autor

Younes Nachett

Younes Nachett es pobre de nacimiento y casi seguro también pobre a la hora de morir. Sin nacionalidad fija y sin firma oficial

Sin Diazepam

Adicto hasta al azafrán, palabrería sin anestesia, supero el 'mono' sin un mísero diazepam, aunque sueño con ansiolíticos

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A la normalidad de las frías y lluviosas noches, cuando las puertas de las sucursales bancarias se cierran para evitar que el hombre sin casa encuentre cobijo
Casi desde que comenzara el confinamiento no he parado de escuchar mensajes del tipo ya queda un día menos para volver a la normalidad. Los publicistas se pusieron manos a la obra y casi todos los productos que se anuncian venden esperanzas envueltas en hogares idílicos con familias funcionales y perfectamente estructuradas… quédate en casa porque saldremos de esta, volveremos a la normalidad y podrás meterte por vena una hamburguesa, comprar una mesa sueca y suscribir una nueva hipoteca. Porque todo volverá a ser normal de nuevo…

Pues joder, yo no quiero volver a esa normalidad. Ya podríamos aprender de la metamorfosis de la oruga que tras la etapa como crisálida reaparece algo más hermosa, reaparece como mariposa, reaparece capacitada para alzar el vuelo y dejar atrás esa etapa en la que solo apenas reptaba.

Volvamos pues, a la normalidad.

A la normalidad de las frías y lluviosas noches, cuando las puertas de las sucursales bancarias se cierran para evitar que el hombre sin casa encuentre cobijo.

A la normalidad del vecino que sube el volumen del televisor para no escuchar a su conciencia gritar, llorar para recordarle el precio tan bajo por el que vendió sus sueños y enterró al niño que un día fue.

A la normalidad del incesante tráfico que convierte en estatuas a un ejército de ancianos a uno y al otro lado de los pasos de cebra.

A la normalidad, volvamos pues a la normalidad de convertir en número a la mujer apaleada, asesinada con y sin pandemia. La normalidad del macho asustado, cubierto de ira, enojado por miedo a perder su mierda de estatus. Volvamos sí, volvamos.

A la normalidad de matar al que huye de la muerte. A la normalidad de las fronteras, las concertinas, los muros, las banderas, la normalidad de ver morir al pobre sin que se nos atragante el puto alma, si que vomitemos pura pena. Volvamos a la normalidad de las pateras, volvamos, sí. Vamos campeones.

A la normalidad de las guerras, a la normalidad de esos amaneceres con cielos despejados, ideales para bombardear a madres e hijos, baje el precio del petróleo y así circule tu nuevo coche. La normalidad de un tiro en la cabeza, a la normalidad de enterrar futuro en las cunetas. La normalidad del AK-47 en oferta.

La normalidad de los campos de refugiados.

Volvamos a la normalidad del hambre y la sed. A la normalidad de esa muerte lenta, agónica ante las pupilas del padre, sin espíritu santo que lo remedie, cuando ya el cuerpo ha quemado la glucosa y la grasa, y comienza el catabolismo, y el propio cuerpo de su hijo se come a sí mismo. La normalidad de la inanición. La normalidad de las moscas sobre los labios, la normalidad de unas costillas que huyen del pecho, la normalidad de un fémur con el diámetro de una caña de bambú. La normalidad de mirar hacia otro lado porque ese cadáver no eres tú… aún.

Volvamos al desfalco, a la malversación de fondos, a las comisiones para construir un bloque, o dos, de hormigón sobre la dignidad siempre hermosa de la naturaleza. Volvamos a defecar en los ríos que nos quitan la sed, volvamos a cambiar tierra húmeda y fértil por escombros, volvamos pescar y cazar más de lo que comemos, volvamos, como antes, a cocinar ballena rellena de botellas de plástico que serviremos en platos de marfil de puro colmillo del siempre en peligro de extinción, majestuoso elefante.

Volvamos a la memoria a corto plazo, a la mentira en el Congreso,  volvamos a la normalidad de gastarnos el presupuesto en corbatas y cemento, en estómagos agradecidos y armamento. Volvamos a cambiar de acera por miedo a que nos robe un yonqui mientras caminamos hacia nuestro querido banco con la maravillosa intención de pedir un crédito que nos permita conducir ese nuevo coche, hipotecar nuestra  conciencia otros diez años y comernos la mierda de hamburguesa sobre la ya mencionada mesa sueca.

Volvamos, sí, volvamos porque nosotros queremos seguir reptando. Lo de aprender a volar, lo dejamos para otra pandemia. Si eso es la normalidad, lo siento, pero bendita anormalidad la mía.

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